¡Pobre hombre! Si no puedes ver lo que hay bajo de tus pies, ¿cómo pretendes ver lo que está sobre tu cabeza? Fábulas de Lafontaine

Texto: Raúl Reyes Ramos

Fotos: Especiales

León .- El astrólogo que cayó en un pozo. Cierto día un astrólogo que paseaba por un campo cayó en el fondo de un pozo. Las gentes dijeron al enterarse: -¡Pobre hombre! Si no puedes ver lo que hay bajo de tus pies, ¿cómo pretendes ver lo que está sobre tu cabeza? Fábulas de Lafontaine.

Nací en León, Guanajuato, un 17 de enero de 1976.

Me llamo Raúl Reyes Ramos.

Raúl es una palabra excepcional.

Lleva tilde en la última sílaba, cuando la regla indica otro asunto. Las palabras agudas, para llevar tilde, deben terminar en ene, ese o vocal. Raúl, Saúl, Baúl, son excepciones a la regla, debido a que, como bien pueden observar, terminan en ele.

¿Cómo la ven “desdiay”?… obvio que lo anterior debe escribirse “desde ahí”. El lance es para que lo lean con ese saborcito cotidiano, así como suena en la vida diaria cuando alguien cree haberlos apantallado.

Les decía, nací en León hace ya algunos lustros. No recuerdo si llovía, nevaba o había sol. Era muy pequeño para capturar semejantes detalles. Además, en León casi siempre hace calor, llueve poco y las nevadas son legendarias de tan escasas.

Lo que tampoco recuerdo pero que me contaron después, fue que nací con tamaña cabezota, misma que a la fecha, sigue guardando cierta desproporción con el resto de mi grácil organismo. Soy más bien flaco macizo, 1.70 de estatura, sin llegar a flacucho enclenque desnutrido.

Me aplicaron fórceps en mis tiernas cienes para sacarme del cuerpo de Chayo, lo cual, sigue siendo una bonita anécdota en fiestas y reuniones. La anécdota deriva en fieros intentos por calarme algún sombrero, mismo que tras serios y variados modos de colocación, jamás me embona. Lo bueno de lo malo es que en este punto, la reunión suele alegrarse con risitas, carcajadas e ingeniosos chascarrillos, todo a la salud de mi muy amada testa.

Chayo es mi apreciada progenitora a quien suelo llamar Ma, Chayo, Chayito e incluso, de pequeño, Chayote. Las maneras para expresar cariño algunas veces rayan en lo exótico. Mi papá se llama Raúl, Pa o Don Ruco, y suele celebrar que no haya quedado loco debido a los fórceps, de la siguiente singular manera.

-Quedaste tocadón, pero te fue bien. El doctor Loya me dijo: “Son los mejores fórceps que he visto, apenas dos marquitas muy leves”. Eso te alivianó.

Soy el primero de cuatro hermanos, dos hombres y dos mujeres francamente molestones los unos con los otros. Ellos más conmigo, claro. Idalia, Elisa y Jacob, son los integrantes de la primera tropa. Chayo y Raúl tuvieron la sensatez de que su casa se transformara en un hogar, dedicándonos tiempo, dándonos cariño, rodeando nuestra infancia con un ambiente grato, juguetón, divertido e inteligente.

Niñez 

Desde pequeños tuvimos a nuestra disposición, discos –en aquel entonces acetatos también llamados Long play-, casetes, enciclopedias, comics, revistas y el periódico de cada día. Todo para ser utilizado, todo a disposición, la Biblia incluida. Aclaro lo de la Biblia porque en muchas casas del Bajío mexicano, este sangriento y divertido librazo, permanece lejano a todo. Siempre limpiecito y siempre cerrado en su atril de madera ultra barnizada. Situación ideal para no acercarse a él, para no especular con los Evangelios, ni curiosear el Apocalipsis, ni fantasear con Judith ni con Magdalena, ni disfrutar las hermosas ilustraciones de dolor, muerte, ángeles con cara de bobos, Moisés abriendo el mar y destrucciones vengativas varias…

Así, con material disponible 24/7, un mundo de sonidos y de letras se abrió ante nosotros para jugar, para descubrir, para aprender, para compartir, también para bailar y recontarnos hallazgos e historias. Lo mismo bailábamos al ritmo de Cri Cri que de Bach. Leíamos el Quillet de los niños y los cuentos de Andersen, de Capulinita, de La Pequeña Lulú, Condorito y Archie. Escuchábamos a Serrat y a los Beatles, también a Parchís y a los Pitufos. Jugábamos a buscar significados, países e historias, en dos enciclopedias: en la Salvat y en el Nuevo Tesoro de la Juventud. También nos gustaba encontrar ilustraciones en nuestro Quijote, lo mismo que nos aprendíamos las razas de los perros en la Enciclopedia del Hogar.

Mi relación con las letras era ya, otro divertido juego infantil.

Descubría, sin enterarme del todo, la magia que se construye con lo escrito.

Me recuerdo emocionado percatándome de ciertas combinaciones, de ciertos sonidos, de algunos juegos de palabras.

Me recuerdo descubriendo frases, historias.

Me recuerdo observando, jugando y divirtiéndome.

Me recuerdo buscando palabras parecidas, rimas, palabras nuevas y por tanto extrañas.

Me recuerdo leyendo por gusto, jamás por obligación.

Me recuerdo, buscando al azar, significados en el diccionario.

Me recuerdo descubriendo las fábulas…

A partir de entonces, leer se convirtió en parte de mi vida y ha sido hasta ahora, una gran manera de disfrutar mi tiempo.

Me cuentan, tampoco lo recuerdo por ocurrir a muy temprana edad, que cuando comencé a lograr mis primeros sonidos, repetía algunos de ellos. Dicen que lo mismo ocurría con ciertas letras y luego los relacionaba. Al parecer practicaba, no lo sé. Mis papás pensaban que era lo normal para un niño que estaba descubriendo el lenguaje. Yo creo que cualquier niño que sea debidamente escuchado, apapachado, tomado en cuenta, suele compartir los descubrimientos que le ocurren a cada rato, ya que su emoción está intacta y vuelve a disfrutar, una y otra vez, al compartir.

Con los libros nos ocurre todo el tiempo. Niños y grandes los compartimos, hablamos de ellos y los recomendamos por tenerlos en alta estima, porque se convierten en parte valiosa de nuestras experiencias, porque son dignos de adentrase en los oídos y en los corazones ajenos, porque al leerlos ya nos han hecho felices, e intuimos, que al compartirlos, la dicha se multiplicará.

Aprendí a leer rápido y sin problemas. Esto si lo recuerdo.

Los libros de texto de la primaria ayudaron bastante para encaminarme. También, que mi abuelo tenía las obras completas de Julio Verne y solía leerme fragmentos de sus historias, mismas que lo fascinaban por la capacidad de imaginar un futuro tecnológico, de inventos espectaculares.

También, muchas de las reuniones familiares se convertían, a la menor provocación, en un festival de boleros, de rancheras y demás canciones populares, mexicanas y latinoamericanas. Mis tíos maternos, Sebastián y Miguel, guitarras en mano, nos han hecho cantar y bailar durante muchos años. Cuando se es niño, si uno quiere participar de ese ambiente festivo, se aprende dos o tres canciones. Yo me aprendí varias de José Alfredo Jiménez para entrar en onda. Para poder participar cantando. Luego memorice algún bolero y otra y otra, hasta integrarme a los éxitos de cada reunión.

Así, la vida me llevó, la vida y mi comportamiento errático-rebelde de niño-adolescente respondón, a pasar por cinco secundarias antes de concluir el mencionado período escolar. Yo suelo decir –al igual que ciertos artistas o escritores contemporáneos- que fue un período de experimentación para adentrarme en el sistema escolar y conocerlo-conocerme a fondo.

La realidad es que me pasé de lanza.

Ni yo me aguantaba.

No diré mucho más, salvo que cuando no estaba dando problemas ni me estaban corriendo de alguna otra escuela, ni mis papás me castigaban, leía. También, que en aquellos atribulados días intenté escribir un diario, mismo que resultó en una extraña colección de pensamientos aislados, reclamos, resentimientos y desdichas, ante lo complicado de la vida puberta y mis andanzas en ella.

Allá por segundo de secundaria -el primero de dos segundos de secundaria- luego de conocer a U2 y a Depeche Mode, con los discos The Joshua Tree, Catching up with y Violator, y de reprobar mi examen extraordinario de inglés con menor calificación que en el examen final -porque me creía el muy salsa y lo hice al aventón y sin repasar- decidí, en uno de mis habituales berrinches de aquella época, no volver a reprobar inglés y por lo tanto, aprenderlo en forma. Eso hice.

Ahí me encaminé, otra vez sin saberlo, hacia los idiomas, hacia estudiar Letras Españolas y hacia vivir en Guanajuato capital.

Antes claro, fue la prepa, misma que llegó con nuevos libros, algunos buenos maestros y mucho por vivir…

Hasta aquí quiero dejar este recuento. Ya habrá tiempo y espacio para contar más. Agradezco el espacio para compartir mis primeros juegos de letras.

Los invito a conocer mis actuales proyectos. Muchas gracias.

Raúl Reyes Ramos, León, Guanajuato, 1976. Escritor y artista. Estudió Letras Españolas, Maestría y Doctorado en Artes en la Universidad de Guanajuato. Ha publicado los libros: 33 CITY ROUNDS, poesía, Posmodernidad y vida cotidiana (arte, poder y sus conflictos) ensayo, y Mientras no estabas…, poesía. Fue becario estatal en el rubro de artes, dirigió la revista virtual, Arteria Artificial, dirige el combinado de música y poesía, Grata Memoria Ensamble Club. Sus proyectos habitan en la página de Facebook: Rally de horas ajenas RRR.

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Eliseo Ledezma

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