Escribí esta oración con un bolígrafo. ¿Si hubiera usado otra pluma habría sido una oración diferente? Ron Silliman

Our band could be your life

Minutemen, “History Lesson – Part II”

Texto/Foto: Enrique García Ugalde

Guanajuato.- Hay una sentencia de Ricardo Piglia que siempre me ha fascinado: “el valor de la lectura no depende del libro en sí mismo, sino de las emociones asociadas al acto de leer”. En Los diarios de Emilio Renzi, título al que pertenece la cita, Piglia va construyendo su identidad a partir de los libros que fueron significativos en distintos momentos de su vida. Esa aproximación a la experiencia propia me resulta bastante cercana, pues a fin de cuentas son nuestros gustos y actividades los que definen mejor cualquier cosa que pudiéramos decir sobre nosotros mismos.

En mi caso, la experiencia formativa no empieza con los libros; para mí, el acto de leer es en realidad un acto de la escucha. La música fue el fenómeno con el que puedo decir que comencé a establecer una identidad y una manera de habitar la realidad.

La primera ‘lectura’ consciente que hice de la música fue a los 13 o 14 años. El recuerdo está lleno de lugares comunes: un gastado cassette que mi papá había grabado de un programa de radio en su juventud (algunas canciones incluso tenían la introducción del locutor)… el momento epifánico: ‘Stairway to Heaven’ de Led Zeppelin. Lo sé, más cliché no puede ser, pero en ocasiones la verdad suele ser un tanto predecible.

Durante varios días no paré de rebobinar y reproducir los ocho minutos de la canción. Es a partir de ese momento crucial que puedo trazar las coordenadas de lo que sería el inicio de una parte fundamental en mí: la melomanía. CD’s, mp3, cassettes, vinilos (paradójicamente el más reciente en mi haber), cualquier formato era idóneo si se traducía en la posibilidad de un nuevo hallazgo. Hallazgos que siempre estuvieron ligados a experiencias que aún persisten en mi memoria.

Pensar en mi colección de discos significa pensar en la relación con el espacio y con los otros. Gracias a la adicción musical descubrí mi ciudad: esta nueva afición me incitó a explorar las calles de Guadalajara en busca de las tiendas musicales que pudieran ofrecerme materiales raros, inconseguibles o en oferta. Cada vez que escucho Hot Rats de Frank Zappa, Forever Changes de Love, Third de The Soft Machine, la música evoca los trayectos que hice para dar con esos álbumes, de alguna manera son objetos que quedaron unidos a los lugares que tantas veces visité.

Escuchar música también significó conocer a las personas a través de sus bandas y canciones favoritas, y sobre todo, supuso el intercambio y la socialización de un placer en un principio solitario. La música que hoy forma parte de mi canon está llena de recuerdos. Éstos van desde conversaciones con extraños –como el taxista que en un viaje de madrugada me recomendó algunas agrupaciones clave de la salsa neoyorquina de los setenta– hasta largas relaciones de amistad basadas en la melomanía –rituales que consistían en tardes enteras de escuchar discos de principio a fin, donde la inminencia de un deslumbramiento musical siempre era posible, como ocurrió tras escuchar todo el Ziggy Stardust, London Calling, Artaud y A Love Supreme. Pocas experiencias como la mirada cómplice que surge al saber que los sonidos que producen las bocinas sintetizan el significado de ‘obra maestra’.

Lejos de añorar el tiempo pasado o condenar la era streaming como muchos puristas nostálgicos, me gusta volver una y otra vez a esos discos y a los momentos que conllevan. La emoción ya no es la misma, pero justo en ese cambio radica lo interesante: volver a la música de hace varios años, en una ciudad distinta, en formato digital, sin el aura del disco como objeto coleccionable, sin la compañía de un amigo melómano, es realmente una experiencia nueva y extraña. Piglia tiene razón, el tiempo y las circunstancias de la lectura son factores esenciales en la recepción de cualquier obra.

Ahora escucho, en el celular y con audífonos, el ‘Another Green World’ de Brian Eno, un disco al que nunca fui muy aficionado. Suena ‘The Big Ship’ mientras veo, desde la Panorámica, el centro de Guanajuato, mi nueva ciudad. Otro tiempo, otro espacio.

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Eliseo Ledezma

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